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Sebastián Piñera, el presidente "del progreso y de la clase media"

Marcos Suárez Sipmann - 8:30 - 19/12/2017
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  • Impulsará las reformas con pragmatismo y más experiencia

Sebastián Pinera. Foto: Reuters

Sebastián Piñera, ganador de las elecciones en Chile, ha logrado conectar con los que demandan más desarrollo económico y recuerdan los buenos números de su primer mandato. "Soy el presidente del cambio, del progreso y de la clase media". Una de sus principales consignas ha sido la del crecimiento económico. Como no se ha cansado de repetir, durante su Gobierno la economía creció más del 5.3% anual en promedio (ahora 1.8%) y se crearon miles de empleos. Durante los últimos años, la economía se ha desacelerado y la sociedad ha sentido amenazadas sus posibilidades de prosperar.

Piñera ya fue presidente de 2010 a 2014. Debido al terremoto, uno de los más fuertes de la historia de Chile y que dejó 525 muertos, al menos la mitad del esfuerzo durante toda su gestión fue dedicado a la reconstrucción del país. Pese a ello, su Gobierno se recuerda por el crecimiento económico y la generación de empleo. También, por las protestas estudiantiles y la crisis de los 33 mineros que fueron rescatados tras 69 días atrapados en una mina.

Es una de las personas más ricas de Chile. Sus críticos apuntan a la compleja trama de intereses privados y su incapacidad para aislarlos de la gestión pública, a su fracaso en la gestión de instituciones como el Censo y a las investigaciones judiciales que comprometen a funcionarios de su Gobierno, incluidos dos de sus exministros. Las denuncias fueron desestimadas por la Justicia. Durante la campaña, la izquierda lo había presentado como un doble retroceso: vuelta a los intereses empresariales y al régimen militar de los años 70 y 80. Otra crítica era haberse derechizado. La razón: haberse declarado en contra del matrimonio homosexual y del aborto en tres circunstancias. Dos leyes impulsadas por Michelle Bachelet. Sus partidarios consideran probable que Piñera, cristiano, introduzca "cambios" a estas reformas. Sin embargo, estos no serán drásticos.

Y es verdad que tras la primera vuelta, Piñera se mostró menos ideológico. Incluso se comprometió a no abolir la gratuidad educativa, parte del legado de Bachelet. Y deja abierta la puerta a reformar el criticado sistema de pensiones. En suma, prevalece el pragmatismo.

Más experimentado

Cuando llegó al poder en 2010, Piñera era un empresario que había sido senador y presidente del partido Renovación Nacional. Admite tener ahora una experiencia que entonces le faltaba. Sobre todo en lo que se refiere a las políticas públicas y la burocracia. Es consciente de estar más conectado con los problemas actuales de la población.

Uno de sus retos es el escenario político. Bachelet ha logrado aprobar una reforma profunda del sistema político que acabó con la vieja estructura binominal, que favorecía a las dos grandes coaliciones, ambas cercanas al centro. La política está mucho más disgregada. No hay grandes mayorías en el Congreso. Uno de esos partidos nuevos y alejados del centro con potencial de crecimiento es el Frente Amplio, una coalición que surgió de las protestas estudiantiles de 2011 (precisamente durante su anterior Gobierno). Con todo, el presidente electo tendrá que negociar con una oposición fuerte y radical, que se opone a casi todo lo que tiene que ver con sus formas y maneras de entender la política. Y un dato muy a tener en cuenta: la mayoría de los chilenos no votó en estas elecciones. La participación fue del 49% entre los 14,300,000 inscritos en un país de casi 18 millones.

Bien pudiera ser que el de Piñera sea un Gobierno de transición, porque se da en un momento en que el país empieza a entender los cambios generacionales, demográficos y sociales.

Una derecha en ascenso

El aspecto regional es asimismo revelador. Hace ocho años, la Presidencia de Piñera comenzaba siendo testigo del creciente poder de la izquierda latinoamericana. Casi una década después, Chile es el último ejemplo de un fenómeno inverso; el retroceso de aquella tendencia y el avance del centroderecha. Al cierre de campaña, el pasado jueves, Piñera recibió un vídeo de apoyo del presidente argentino Mauricio Macri: toda una señal del cambio.

Piñera entregó el mando presidencial en 2014 a la socialista Michelle Bachelet y ahora lo recibirá de ella. Lo ocurrido en Chile bien puede interpretarse como una mayor disposición de los latinoamericanos para buscar la alternancia en el poder. Hasta parecen tener una actitud menos agresiva hacia el liberalismo económico, tan cuestionado tras las privatizaciones y dolorosas reformas de los años 90. Nada indica, por otra parte, que vaya a haber un cambio político radical en la región. Conviene recordar que Piñera ha ganado con posturas bastante moderadas.

Si Piñera decidiera apoyarse en los dos políticos más a su derecha que le aportaron votos (incluido José Antonio Kast, que rechaza el aborto y reivindica la dictadura de Augusto Pinochet) incrementaría la polarización y tensión en Chile.

Al igual que otros presidentes de centroderecha en la región, Piñera no tiene un cheque en blanco para impulsar reformas, al carecer de mayorías absolutas en el Congreso. Chile ha optado por un candidato de centroderecha, y Piñera, como ha anunciado, quiere ser el presidente de todos los chilenos.

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