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Lunes negro de 1987: el parqué de Wall Street hizo 'crash'

P. Vegas / P. Calvo / V. Varó - 2:00 - 17/10/2007 - Actualizado: 06:51 - 17/10/07

    "Llegará el día de rendir cuentas, cuando el mercado descienda como si nunca fuera a detenerse". Esta advertencia del economista e historiador de las crisis financieras, John Kenneth Galbraith, recogida en un artículo publicado en la revista The Atlantic en enero de 1987, se reveló profética apenas unos meses después.

    En efecto, el suelo de Wall Street se resquebrajó el 19 de octubre de 1987. Hizo Crash!, y el parqué saltó en mil pedazos. El índice bursátil Dow Jones, que contaba con casi 100 años a sus espaldas, se hundió irremisiblemente como nunca antes lo había hecho. Se desplomó un 22,6 por ciento en un único día, que desde ese mismo instante quedó grabado para siempre en la memoria de los mercados. Ninguna otra sesión, ni siquiera las que acontecieron durante el crac de 1929, igualaba en envergadura a los descensos sufridos durante aquella jornada, bautizada para la historia como Lunes Negro. De hecho, ningún otro día le ha arrebatado luego tan dudoso honor.

    Así fue el lunes negro

    En apenas unas horas, los inversores estadounidenses perdieron 550.000 millones de dólares. Tal era la magnitud de una caída que resultó tan brutal y extensa que no discriminó entre profesionales y particulares. Así, y según recoge Justin Martin en su obra Greenspan, el hombre detrás del dinero, Warren Buffett perdió 347 millones de dólares; Bill Gates, 255 millones de dólares; y la familia de Sam Walton, fundador de los almacenes Wal-Mart, vio cómo su riqueza menguaba en 1.750 millones de dólares.

    Fuera de Estados Unidos, el impacto, si bien no resultó tan acusado, también fue calamitoso. Entre los descensos más acusados destacaron los del índice japonés Nikkei 225, que bajó un 14,9 por ciento, y los del británico Footsie 100, que cedió un 12,2 por ciento.

    Malos augurios

    Aunque los hechos ocurrieron el lunes 19 de octubre, el caldo de cultivo de la crisis ya se había fraguado en las sesiones previas. Incluso el clima parecía adivinar la que se venía encima. "El Lunes Negro siguió a un fin de semana de tiempo terrible en el Reino Unido. El viernes tuvimos una tormenta en el Reino Unido que causó daños considerables y derribó árboles y edificios", relata Richard Reid, que actualmente es director de inversiones en Europa de Citi y que fue testigo directo del crash porque hace veinte años ya trabajada en la banca de inversión.

    Más que una metáfora, ese temporal también se dejó notar en los parqués, que antes del 19 de octubre ya cayeron con fuerza. Entre el 14 y el 16 de octubre, el Dow se había dejado un 10,5 por ciento, descenso que provocó que la revista Time llevara en su portada de aquella semana el titular Masacre de octubre en Wall Street. Como había pasado en 1929, el décimo mes del año se cruzaba otra vez en el camino de los inversores.

    Adiós a la euforia

    Esas caídas encendieron las alarmas. ¿Qué había ocurrido para que el Dow, que en agosto había marcado su récord por encima de los 2.700 puntos, empezara a descender con tal virulencia?

    Desde el primer momento, las miradas se dirigieron a la Reserva Federal (Fed). Pero no sólo porque es el banco central de EEUU, sino porque acababa de estrenar jefe. El 11 de agosto, Alan Greenspan había tomado posesión como presidente de la Fed en sustitución de Paul Volcker.

    Nada más acceder al cargo, Greenspan sabía que se avecinaban tiempos difíciles. En el último año, la tasa de inflación había pasado del 1,9 al 3,6 por ciento. Y como reconoce Greenspan en su libro La era de las turbulencias, "Wall Street atravesaba un episodio especulativo".

    En ese entorno, la Fed lo tenía claro: era preciso subir los tipos de interés. Y así lo hizo a comienzos de septiembre. Entonces, la atención se centraba en los tipos de descuento, que son los que el banco central cobra a las entidades por el dinero que les presta, y la institución norteamericana los elevó del 5,5 al 6 por ciento. Los tipos oficiales subieron en la misma medida, y pasaron del 6,75 al 7,25 por ciento.

    Pese a que a Greenspan había temido el impacto de ese aumento, Wall Street apenas sufrió unos recortes del 2 por ciento en los días siguientes. Y después retornaron las compras sin más miramientos.

    El fatídico 19 de octubre

    Pero el poso de la crisis estaba ahí. "Los signos de problemas económicos siguieron llegando. A principios de octubre, el miedo se tornó en algo próximo al pánico", afirma Greenspan. Y llegó el fatídico 19 de octubre. Y con él los nervios. Mariano Rabadán, presidente de la asociación de fondos Inverco, recuerda que en España se sufrió el desplome al día siguiente porque Madrid ya había cerrado cuando Wall Street se hundió: "El día 20 nos fuimos muy temprano al parqué a intentar vender lo que se pudiera, porque en algunos valores no había liquidez". Rabadán, que era responsable de gestión de Grupo March, recuerda que la Bolsa de Madrid "estaba llena de gente, con los intermediarios operando a viva voz porque por entonces todavía no había ni pantallas de cotizaciones". "En ese instante no sabíamos los efectos que podría tener en la economía y los expertos aparecieron en la televisión para hablar de las similitudes y diferencias con la crisis de los 30", añade Richard Reid.

    Al igual que los inversores, la Fed entendió que no había tiempo que perder. Greenspan suspendió una conferencia en Dallas e insistió en la necesidad de difundir un comunicado oficial. Breve, pero directo. Al gusto de Greenspan: La Reserva Federal, de acuerdo con sus responsabilidades como banco central de la nación, ha afirmado hoy su disponibilidad para servir como fuente de liquidez con el fin de apoyar el sistema económico y financiero. Eso fue todo. Y la verdad es que este lacónico mensaje calmó los ánimos. A diferencia de 1929, cuando la dura actuación de la Fed agravó la crisis, la institución dijo que estaba preparada para actuar como prestamista de último recurso.

    Otros esfuerzos de la Fed, como sus negociaciones para evitar que Wall Street cerrara sus puertas y los tres descensos de los tipos que emprendió entre noviembre y febrero -pasaron del 7,25 al 6,25 por ciento-, resultaron claves para atajar el problema. El temor a que el Lunes Negro degenerara en otra Gran Depresión se desvaneció en meses.

    "Contrariamente a los miedos iniciales, la economía se mantuvo firme, con un crecimiento del 2 por ciento en el primer trimestre de 1988 y un acelerado 5 por ciento en el segundo. A comienzos de 1988 el Dow se estabilizó en torno a los 2.000 puntos, de vuelta a los niveles a los que había empezado 1987, y las acciones reemprendieron un modesto, pero más sostenido paso alcista", relata Greenspan.

    Cúmulo de factores

    ¿Pero qué fue realmente lo que pasó? ¿Qué factor provocó un desplome de tales dimensiones? Las interpretaciones, como suele ocurrir en estos casos, son diversas. Los estudios posteriores, algunos de ellos patrocinados por las principales instituciones económicas nortamericanas, culparon al abultado déficit público que acumulaba entonces Estados Unidos, que había desvirtuado las expectativas de los mercados. Otros no olvidaron el repunte de los intereses en septiembre. "Algunos citaron que el incremento de los tipos de descuento a comienzos de septiembre fue parte de la mezcla de factores que agitó el mercado", apunta en su obra Justin Martin. También influyó lo suyo, sobre todo en la velocidad de las caídas, la nueva tecnología que acababa de implantarse. "Se acababan de conectar el mercado de contado de Wall Street y el de derivados de Chicago, y cuando empezaron los descensos los sistemas de ventas saltaron y produjeron una situación de pánico", confirma Mariano Rabadán. Y, por supuesto, no faltó a su cita con la historia de la crisis la euforia previa. "En el otoño de 1986, mi atención se fijó en la operación especulativa que por entonces tenía lugar en la bolsa, las manifestaciones tipo casino (…) y en los entusiasmos vinculados a esta situación emanados de la búsqueda y captura de empresas, de compras de participaciones apalancadas y de la manía de fusiones y adquisiciones. (...) Nadie negará en serio que los meses y años anteriores al hundimiento bursátil de 1987 estuvieron caracterizados por una intensa especulación" asegura categóricamente Galbraith.

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