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Cuando la literatura y la economía hablan el mismo idioma

elEconomistaAmérica.com | Argentina - 14:39 - 25/01/2017
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    La literatura ha sabido encontrar espacios para contar la realidad económica, dice el autor.

    Por Ignacio Pillonetto*

    ¿Qué relación guardan la literatura y la economía? ¿Cómo ha tratado el mundo de la ficción la historia económica y sus diferentes sectores? ¿Existe cierto maniqueísmo intencionado a la hora de tratar la figura del empresario? ¿Los diferentes períodos y crisis que ha vivido la economía han tenido su reflejo en la literatura? Por ilógico que resulte, los números se escapan de las ecuaciones más rígidas para combinarse con el caos perfecto de las palabras ¿El resultado? Escritores que hablan como economistas y economistas que narran como escritores.

    Desde sus inicios la literatura ha intentado manifestar las pasiones, los miedos y los sueños del hombre con el fin último de reflexionar sobre la propia condición humana. No importa cómo, puede que lo haga mediante la lectura de un simple cuento, una poesía o una novela. Los grandes conceptos económicos no pueden separarse del entorno en el que nacen, por eso es fundamental plantease hasta qué punto la realidad y su consecuente momento económico han tenido su reflejo en las obras literarias.

    Uno de los escritores más comprometidos con su tiempo y padre de la corriente conocida como el naturalismo literario ha sido Émile Zola, escritor decidido como ningún otro a dejar constancia de la realidad económica de su tiempo, la Francia del siglo XIX. A lo largo de más de una docena de novelas y de la ambiciosa saga Les Rougon-Macquart, compuesta por más de veinte, Zola decide narrar la epopeya de una familia a lo largo de cinco generaciones. Una de las principales habilidades narrativas del francés consiste en conferir de una realidad creíble a todo el conjunto de su obra. "No parece que exista un cerebro detrás del relato. Los personajes y sus vidas se desarrollan con una naturalidad asombrosa", afirma María Blanco González, economista y una de las escritoras del libro Literatura y Economía. Desde catástrofes económicas, las reformas urbanísticas de París durante el Segundo Imperio, hasta las duras condiciones en la que trabajaban los mineros, Zola analiza y cuenta la vida desde la economía, porque tal y como cuenta María Blanco: "los males de la economía son los males de la naturaleza humana y estos tienen su reflejo en la literatura."

    En El paraíso de las damas podemos encontrar a uno de los personajes más interesantes del escritor francés: Octavio Mouret, el propietario del gran almacén que da nombre a la novela. Octavio reúne las cualidades clásicas del empresario arquetípico: frío, calculador y sin escrúpulos. Sin embargo, Zola sorprende en su construcción al dotar al antagonista de la historia de una ambigüedad merecedora de la denominación "un mal necesario", ya que en el desarrollo de la trama se da a entender que, sin su ambición y trabajo, París nunca se habría convertido en la ciudad de las luces. María Blanco no solo destaca la figura de Octavio, sino también la importancia que Zola otorga a los ferrocarriles, los verdaderos agentes revolucionarios a nivel comercial, porque con su introducción hasta el más humilde de los comerciantes pudo tener acceso a toda clase de mercadería que luego pondría en circulación. Precisamente esta idea de progreso también se ve reflejada en la discusión que mantiene la protagonista de la historia, Denise Baudu, con su tío, al afirmar que todos los cambios y las transformaciones vienen aparejados como una parte irrevocable de la evolución de las necesidades del hombre.

    Probablemente uno de los libros más radicales de Émile Zola sea El dinero, una novela más de la extensa saga Les Rougon-Macquart. En ella el protagonista es un financiero llamado Aristide Saccard, un personaje con un talento innato para hacer negocios, obsesionado con la creación de un Banco Universal. Inversores, usureros y todo tipo de personajes desfilan por las páginas de un libro que termina erigiéndose como una gran crítica a la sociedad capitalista. "Los escritores son creadores, que, desde su perspectiva analizan la realidad", comenta Vicente Pinilla, Catedrático de Historia Económica de la Universidad de Zaragoza, que concibe la ficción literaria como una forma de destacar las contradicciones humanas. El décimo episodio de la novela se dedica a narrar el desarrollo de una sesión en la gran sala de la Bolsa. Tanto la descripción del escenario como los gritos que profieren los personajes poseen un acentuado tono guerrero, similar a la tensión que se puede percibir en un enfrentamiento deportivo. Esta es solo una pincelada de lo que el lector puede encontrar en una de las novelas más contundentes de Zola, un escritor que no solo se dedicaba a concebir una historia, sino que también utilizaba la literatura para informar y denunciar situaciones incómodas.

    Parece que el tiempo no pasara para otro de los grandes escritores de la Historia como Charles Dickens. Una producción narrativa tan actual en su tiempo que continúa vigente en pleno siglo XXI, gracias a unas historias que no han envejecido ni un ápice desde su concepción. Para Eduardo Valls Oyarzun, Doctor del Departamento de Filología Inglesa II de la Universidad Complutense de Madrid, Dickens supo ver la contracara del progreso y comprender que sus normas venían con trampa. Ya sea en Tiempos difíciles o en el (solo aparente) infantil Oliver Twist, Dickens denunciaba el coste de la industrialización, la explotación infantil, la pobreza y el lado más oscuro de la sociedad victoriana. Unos temas que, traídos a nuestra cotidianidad, son perfectamente válidos y reconocibles. ¿O es que la condición económica no abre todavía más la brecha social? ¿Ya no se elaboran juicios de valor sobre la personalidad de un individuo por su apariencia o capacidad adquisitiva? En ambas novelas Charles Dickens diseña un paisaje desesperanzador, donde la lucha de clases es binaria y los que prefieren vivir alejados del sistema no siempre consiguen sus sueños; pero tampoco hay que trasladarse a obras "estrictamente" económicas para conocer las penurias de las que tanto escribía el inglés. Seguramente a muchos lectores les ocurre que, cuando piensan en un hombre de negocios, inmediatamente le asignan características como las de la avaricia, el malhumor y la racanería. El responsable de que esta imagen continúe tan viva probablemente también sea achacable a Dickens, creador de Cuento de Navidad y de Scrooge: el hombre que odiaba la Navidad. ¿Cuántas veces piensa uno en su figura y lo relaciona con alguien poderoso y adinerado? Tan fuerte ha sido su influencia que se trata de uno de los personajes literarios mejor caracterizados pero también de los más estereotipados. "Podríamos hacer una traslación del snob de clase burguesa de un modo exagerado. Un hombre que ha perdido el Norte y se ha convertido tanto en un problema para la sociedad como para sí mismo", señala Eduardo Valls sobre Scrooge, un malvado hombre de negocios que, al final, supo encontrar el camino de regreso a casa.

    La economía y la ciencia ficción

    Los diferentes avances científicos son uno de esos aspectos nada desdeñables para unir la ficción literaria con la economía. Desde las estrambóticas herramientas que utilizaba el profesor Abraham Van Helsing para dar caza a Drácula o los experimentos que dieron vida al monstruo de Frankenstein hasta las novelas de Julio Verne y H. G. Wells, la ciencia ficción se ha transformado al ritmo que lo hace la sociedad. "Incorporar avances tecnológicos en la vida cotidiana tuvo su reflejo en la literatura porque resultaba interesante analizar la relación que se establecían entre los nuevos inventos y la gente", vuelve a puntualizar Eduardo Valls. Las ucronías y las distopías, ramas de la ciencia ficción, presentan un escenario muy interesante en el campo económico al plantear al lector qué pasaría si se cambiara un hecho histórico o comprobar cómo se desarrollaría una sociedad si una tendencia social actual fuera llevada al límite. Las tres obras más conocidas en este campo probablemente sean 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y Farenheit 451 de Ray Bradbury, pero hay muchas más. Por ejemplo, el australiano Max Barry nos plantea en la novela Jennifer Gobierno un mundo dominado por las corporaciones empresariales americanas y en el que los apellidos de las personas se corresponden con la marca para la que trabajan. Así uno puede conocer a Hack (el encargado de las distribución de mercancías publicitarias) y John (vicepresidente de marketing) Nike o a Buy Mitsui (un corredor de bolsa). Un argumento que no deja de ser una gran crítica al modo de vida occidental. En Pavana, el escritor inglés Keith Roberts idea un mundo en el que el progreso nunca ha llegado debido al asesinato de la reina Isabel de Inglaterra. En pleno siglo XX, el mundo se encuentra conectado por una compleja red de ferrocarriles y la Inquisición campa a sus anchas. Incluso autores como Jack London, más conocido por crear al mítico Colmillo blanco, ha narrado su propia distopía: El talón de hierro. Un relato que forja un universo de ficción dominado por las grandes industrias y en el que conceptos como "lucha" y "revolución" se convierten en una constante.

    La ficción literaria y las crisis

    Si El Gran Gatsby de F. Sctott Fitzgerald supo erigirse como el símbolo de la era del jazz en la literatura norteamericana de los años 20, Las uvas de la ira de John Steinbeck hizo lo propio al colocarse en primera plana con el realismo por bandera. La novela del Premio Nobel de Literatura de 1962 narra las vicisitudes de una familia agrícola después del crack del 29. Según José Manuel Barrio Marco, Doctor en Filología Inglesa y profesor en la Universidad de Valladolid, "Las uvas de la ira fueron un shock en su propia sociedad porque presentaba la cara amarga de los Estados Unidos". Steinbeck cuenta sin ningún tipo de florituras el éxodo de la familia Joad hacia la próspera California. Una historia que plantea una vuelta al realismo más crudo y que el público supo interpretar con agrado, algo cansado de que la literatura se alejara tanto de la vida cotidiana. José Manuel Barrio agrega que: "Mientras las ventas de Fitzgerald se desplomaban, las de Steinbeck crecían exponencialmente". Este cambio de sentido respondía a la necesidad del lector por verse reflejado en las páginas de una novela. Algo similar ocurre hoy en día, donde la actualidad más visceral se encuentra en su apogeo literario; si no, que le pregunten a Kostas Jaritos, el comisario de moda en Grecia. Creado por el economista, guionista y escritor Petros Márkaris en 1995, este carismático agente de la ley se pasea por las calles helenas resolviendo todo tipo de crímenes en un convulso ambiente socio económico. Ya han pasado muchos años desde su concepción en Noticias de la noche (donde investigaba el asesinato de un matrimonio de inmigrantes albaneses y de una periodista de sucesos), pero su olfato continúa intacto. En 2010, Kostas Jaritos tuvo que vivir en carne propia la debacle griega, resolver el homicidio de un importante banquero y hacer frente a una campaña que incentivaba a la población a dejar de pagar sus deudas en Con el agua hasta el cuello. En cada capítulo el lector puede cruzarse con diálogos del tipo: "Cada verano las islas se inundan de una marea de jubilados franceses, suecos y alemanes. ¡Y yo no puedo ver las islas ni con prismáticos, porque cuatrocientos euros al mes no dan ni siquiera para comprar prismáticos!", o aproximarse a la crisis que atraviesa la prensa escrita: "Y yo puedo asegurarle que, si un orangután nos enviara un anuncio, se lo publicaríamos, porque no hay periódico sin problemas de financiación y que no esté buscando fondos como sea". Así, el escritor compone un mapa perfecto de la crisis económica y de todos sus agentes.

    Su última incursión cierra el ciclo de la crisis: Pan, educación, libertad. La historia arranca con la tradicional cena familiar que celebra el cierre del año 2013, pero también con la vuelta del dracma a Grecia y diálogos tan punzantes como el siguiente: "Piensa que es mucho más apetecible cobrar mil dracmas que tres euros por un café", o situaciones como la que vive Kostas Jaritos cuando se le comunica que tanto Grecia como España anunciarán la suspensión de pagos y la policía será la encargada de mantener el orden en las calles: "Nadie reacciona. Todos le escuchamos con el fatalismo del empleado público que sufre un Alzheimer verbal por culpa de las collejas de los ministros". Sin lugar a dudas, Petros Márkaris plantea una interesante manera de abordar la situación económica europea, y es que a través del prisma de la novela negra el escritor consigue situar al lector en un asiento de primera fila en el que ficción y realidad se tocan casi sin darse cuenta.

    Tampoco hay que olvidarse de otros medios tan atractivos como el cómic para observar diferentes formas de acercar la realidad con toques de ficción. 15-M: Voces de una revolución, de la guionista Lara Fuentes y el dibujante Patricio Clarey, invita al lector a comenzar un viaje hacia la crisis y al movimiento de los indignados españoles a través de metáforas visuales y una composición gráfica muy cuidada. Viñetas perfectamente compuestas y bocadillos que rezan "Soy una persona, no una estadística" o "pero es que un país sin esperanza no es nada, y no puedes pedirle a la gente que deje de desear algo mejor", configuran el retrato de la crisis en España.

    Economistas y escritores

    Más allá de la relación que pueda existir en la manera en la que la economía ha sido representada por la ficción literaria, no se puede obviar un hecho todavía más curioso: el selecto grupo de los economistas escritores. ¿Qué impulsa a un economista a convertir su mente calculadora en un maremágnum creativo? ¿Qué deseo y afán divulgador sobre el universo numérico subyace en cualquiera de sus obras? Para Eduardo Sguiglia, prestigioso economista y escritor de la reconocida novela Fordlandia, su vocación literaria nace como una alternativa que le permite expresar aquello que no puede con la economía. Sguiglia no es el único miembro de esta atípica tropa. El economista español José Luis Sampedro (Doctor Honoris Causa de la Universidad de Sevilla y Premio Nacional de las Letras Españolas 2011, entre otros muchos galardones), autor de novelas como La sonrisa etrusca o Monte Sinaí, pero también destacado ensayista y reconocido defensor del 15-M español es uno de los mayores expositores del grupo. Federico Poli o economistas escritores del perfil de Federico Sturzenegger y Eduardo Levy Yeyati son otros de los nombres de una lista que crece más rápido de lo que parece, pero al margen de autores y de títulos lo que realmente importa en esta cuestión, por más raro que suene, es que el supuestamente inexistente vínculo entre la economía y la literatura cada vez es más fuerte. Un matrimonio de conveniencia que continúa ganando adeptos para demostrar que dos más dos no siempre tienen que ser cuatro.

    * El autor es doctor © en Lenguas y Literaturas Modernas, crítico de cómics y series. Miembro de La Milana Bonita y RIRCA, grupo de investigación de la cultura audiovisual, Universitat Illes Balears.

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