Sociedad

Ébola, el virus sin cura ni tratamiento que despierta los más rancios temores

No sólo del virus hay que protegerse, también de los viejos temores, dice Freixa. Foto: Archivo

Por Omer Freixa (especial para El Economista América)*

El brote del virus de ébola (con una mortalidad del 90% que da pavor y sin cura ni tratamiento) comenzó en diciembre en África occidental y se hizo noticia marginal de internacionales a fines de marzo cuando alcanzó las 60 muertes en la pequeña Guinea Conakry. Poco importaba hasta entonces al mundo, más interesado en el conflicto de Ucrania o, posteriormente, en el Mundial de Brasil. Durante esos días la enfermedad, que no es una novedad aunque sí la primera vez que se registra fuera de África central y oriental, siguió avanzando y se extendió a las vecinas Liberia y Sierra Leona. Al tocar las puertas de la populosa Nigeria (no limítrofe con los tres anteriores) cundió el pánico regional y la alarma mundial. Al efecto, la Organización Mundial de la Salud el 8 de julio decretó la alerta sanitaria internacional. En ese entonces iban 961 víctimas. Seis días más tarde Nigeria confirmó el primer deceso, lo que acrecentó el miedo. La OMS renueva el parte diario de muertos como lo que para los ojos ajenos a África son sus habitantes, simples números. Al día de hoy, contabilizó 1.350 muertes repartidas del siguiente modo: 576 en Liberia, 396 en Guinea, 374 en Sierra Leona y cuatro en Nigeria.

Mientras en Europa las autoridades se preocupan por la relativa cercanía geográfica y se escandalizan ante la posibilidad de registrar casos (de hecho, la inmigración africana es un fenómeno importante, pero ahora relegado a un segundo plano por los medios), a varios cientos de kilómetros las personas sufren, se contagian y mueren, mientras los países de la Unión Europea (y también los Estados Unidos) procuran que el virus se aleje lo más que se pueda. Una vez más se repite la pauta habitual de conducta hacia el continente africano: el problema fronteras afuera y la limosna necesaria para quedar bien y expiar las culpas. Remedios experimentales, dinero y una vacuna prometida a la larga, nada más.

De África no se cuenta todo. El continente cubre los titulares esporádicamente cuando se relata lo malo, y mejor cuando éstos estremecen por el miedo y el morbo. Tanto escándalo por el ébola y, sin embargo, enfermedades endémicas como la malaria, que mata un niño enfermo cada treinta segundos y la padecen 207 millones en el planeta, tienen menos prensa. Lo que más destaca el periodismo son los casos en que el ébola toca a las puertas de donde sería dramático que llegase, el mundo -se supone- civilizado. Ese mismo del cual provienen algunos países que sometieron a la barbarie durante décadas a los pueblos africanos y ahora más de uno se queja de los descendientes de los colonizados que buscan mejores oportunidades en las antiguas metrópolis. Para peor, ahora los africanos son sospechosos de portar gérmenes mortales.

El miedo puede más

En base a la última premisa cunde la alarma en los países de Europa, que hasta ahora han sido falsas. El miedo puede más. Tampoco la información ayuda. En Alemania una mujer de 30 años y origen africano, que se informó el martes 19 haber tenido contacto con enfermos presuntamente en Nigeria, debió ser internada y colocada en cuarentena con aparentes síntomas del ébola, aunque horas más tarde se descartó que lo fuera. En cambio, su dolencia se debió a una afección gastrointestinal. Berlín respiró tranquila de nuevo. Algo similar ocurrió con un español de Vizcaya, quien había retornado desde Sierra Leona por un viaje laboral. Presentó síntomas similares pero se le diagnosticó malaria un tiempo después. Todo indica que, en pleno siglo XIX, África da miedo como hace un siglo o más. En alguna forma continúa siendo "El corazón de las tinieblas" del que dio cuenta el escritor Joseph Conrad, a caballo entre los dos siglos pasados.

En lo que va de 2014, respecto de las noticias que circularon sobre África en el mundo, dos acapararon en particular la atención mediática. Una, el ébola. La otra tuvo como protagonista a Nigeria. El 14 de abril en una pequeña localidad, Chibok, el grupo islamista Boko Haram raptó en medio de la noche a 276 internas de una escuela. A partir de allí comenzó el interés (pasajero) por la primera economía de África y el país más poblado del continente, en donde este grupo, utilizando la violencia desde 2009, ha matado más de 12.000 personas. La repercusión también vino acompañada por el hecho de que en el primer semestre de este año las cifras se aceleraron, con más de 2.000 víctimas. Sin embargo, el inicio del Mundial de fútbol en Brasil desvió el interés y hoy la noticia es marginal. Las jovencitas permanecen secuestradas y todo conduciría a creer que la violencia del grupo disminuyó, pero no es el caso. Ganó el olvido, se apagaron los hashtags.

Como puede suponerse, la realidad de un continente inmenso, compuesto por 55 países y poblado por cerca de 1.000 de personas, presenta otras situaciones que poco llegan a la superficie de los medios de comunicación. Una de éstas es el drama migratorio que se vive a las puertas de España e Italia, donde inmigrantes africanos y de regiones o países en conflicto (como Siria) se agolpan en procura del ingreso a Europa. Pero, como lo que busca el periodismo es el impacto, la cifra contundente, y no siempre este tema los aporta en cuantía, el tema de los naufragios pierde interés, excepto destellos. El 3 de octubre de 2013 murieron 366 personas en la isla italiana de Lampedusa en una de las peores tragedias en la historia del Mediterráneo. La consternación fue la característica mediática del momento (hasta el Papa Francisco intervino), pero poco tiempo después el tema pasó a una dimensión menor. Lo último no quita que los dramas se repitan. A comienzos de junio de este año se ahogaron 62 inmigrantes somalíes y etíopes en el Mar Rojo.

Migraciones desesperadas

El ébola desvía el interés del drama migratorio, presente no solo en África. La frontera sur de los Estados Unidos es otro flanco caliente, situación sobre la que una controvertida analista política norteamericana opinó que habría que bombardear México. Volviendo a África, a comienzos de la semana pasada, en apenas dos días llegaron en condición ilegal a España más de 1.200 inmigrantes subsaharianos por mar. Entre ellos se contaron 48 niños menores de 6 años, y hasta una menor de un año, sola. La mayoría fue repatriada. En el estrecho de Gibraltar no se veían cifras parecidas desde hace cuatro años, siendo el momento álgido 2006 (casi 40.000 africanos llegados a España y Canarias). La noticia de las migraciones no concita la atención general porque no genera el pánico del ébola y las cifras son más escuetas y esporádicas, en comparación.

No es nada nuevo decir que África continúa siendo la olvidada, salvo destellos ocasionales, pero es bueno repetirlo para tomar conciencia de los dramas ajenos. Sobre todo considerar el miedo, el temor que impide entender al otro. No es miedo al ébola, es temor al africano. En la América colonial se lo ligó al demonio, hoy día al diablo se le dice mandinga en muchas regiones. Ese nombre es de una de las tantas etnias de pertenencia de los africanos arribados al Nuevo Mundo como esclavos.

* Omer Freixa (@OmerFreixa) es historiador africanista argentino (UBA-UNTREF), docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires y Profesor en el Consejo Superior de Educación Católica (http://omerfreixa.com.ar/)

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